El marco histórico en el que se funda la entonces llamada Guardia Municipal de Murcia se inserta en unos acontecimientos que mucho tienen que ver con los vividos durante la primera mitad del S. XIX en España y fundamentalmente en Murcia.
Hablar de la historia de la actual Policía Local de Murcia supone hacer un repaso de la historia de esta ciudad, como queda reflejada en los acontecimientos vividos en la mayoría de las principales ciudades de España. Está claro que acontecimientos históricos como son las invasiones napoleónicas (principios del XIX), las guerras carlistas ( 1833-1876), la instauración de la II República (1931-1936), la Guerra Civil Española (1936-1939), el Régimen Franquista ( 1939-1975) y más recientemente la etapa de la Transición Española, con su momento cumbre en la aprobación de la Constitución de 1978, han condicionado los avatares políticos y sociológicos que han contribuido a configurar la ciudad que hoy todos conocemos.
Por tanto, en este breve resumen de los 150 años de historia de nuestra Policía Municipal se hará referencia a los hitos fundamentales en los que, como Cuerpo al servicio de la ciudadanía, se ha prestado un servicio a los vecinos del municipio de Murcia, teniendo siempre presente el marco histórico en el que éstos se han desarrollado.
VESTIGIOS MEDIEVALES
Aunque la Guardia Municipal fue creada en la segunda mitad del siglo XIX, allá por el año 1854, su presencia, a través de sus antecedentes, ya estaba ligada al modo de vida urbano desde siglos antes.
A todos, cuando se nombra la palabra “alguacil”, es fácil que una de las imágenes que acuden pronto a la mente sea la del señor que hace entrega de los trofeos taurinos al matador en uno de los abundantes festejos de la tan afamada Fiesta Nacional. En efecto, ese personaje que viste unos ropajes ya arcaicos es un vivo reflejo de los que antaño desempeñaban y obedecían fielmente las órdenes y servicios encomendados por los entonces Alcaldes Mayores. En la actualidad un policía local es alguacil de la Plaza de Toros de Murcia.
El Alguacil era el encargado de prestar servicio en las calles, llevar a cabo las rondas por la ciudad, obedecer y hacer cumplir los bandos y ordenanzas que aprobaran el Concejo de la ciudad. Estas primeras competencias desempeñadas fielmente por alguaciles y porteros de vara fueron por primera vez recogidas en una Cédula Real de Mayo de 1609, siendo por entonces Rey de España S. M. Felipe III.
Esta Cédula Real recogía las normas, servicios a cumplir y componentes que formarían bajo las órdenes de los denominados Alcaldes de Barrio, subalternos de los Alcaldes Mayores, y que actualmente podríamos identificar con los Concejales en los Ayuntamientos. Así mismo, en esta Cédula se indicaba una diferencia entre Alguaciles y Porteros de Vara; los primeros eran el componente esencial para llevar a cabo las funciones de seguridad, vigilancia y cumplimiento de normativa, ya que serían los encargados de efectuar las rondas en las calles; por otro lado, los Porteros de Vara eran, por así llamarlos, la mano derecha de los Alcaldes de Barrio, pues eran los encargados de montar guardia en sus cuarteles y acompañarles en las rondas que por la ciudad éstos efectuasen.
Estos arcaicos “guardias” perduraron durante siglos, y de sus servicios y existencia hacen referencia numerosos escritos de la época. Pero, con la entrada de la segunda mitad del XIX y la aprobación en Sesión Capitular del Ayuntamiento de Murcia de la creación de un Cuerpo denominado “Guardia Municipal”, en Agosto de 1854, las funciones y presencia de alguaciles y porteros de vara en las calles de la ciudad se redujeron drásticamente, hasta quedar confinados entre las paredes del edificio consistorial para funciones protocolarias.
No podemos acabar este apartado sin hacer referencia al legado histórico que nos ha dejado uno de los personajes que formaban parte de la seguridad personal de los Alcaldes durante los siglos XVII y XVIII, que no son otros que los Porteros de Maza o “Maceros”. Estos servidores municipales, que antaño habían sido protectores cercanos a las figuras de reyes, nobles y grandes personalidades de la época medieval, quedaron como vestigio de ésta y aparecían junto a los Alcaldes y personalidades del momento en los grandes eventos municipales. Sus uniformes y armas (mazas de gran tamaño realizadas en cobre) nos han llegado tal y como eran, y hoy día podemos ver cómo Agentes de esta policía visten con orgullo los trajes de “Maceros” en eventos tan importantes como es la entrada de la Virgen de la Fuensanta a la ciudad de Murcia en su tan populosa “Romería”, la constitución de la Corporación tras las elecciones locales, y otros actos de transcendencia.
EL ORDEN PÚBLICO EN LA PRIMERA MITAD DEL S. XIX.
La primera mitad del XIX vino marcada por los conflictos generados por la invasión de los ejércitos napoleónicos. Hasta la proclamación como Rey de España de Fernando VII, la ciudad de Murcia se encuentra sumida en un letargo político, ya que la invasión por los ejércitos franceses había provocado la huída de todos los miembros de la Junta Municipal y Murcia era saqueada y expoliada por los franceses.
Pero la llegada del nuevo monarca no significó una etapa de paz en la ciudad y pronto, a raíz de las reformas efectuadas por Fernando VII, de clara índole liberal, generaron numerosos enfrentamientos entre liberales y absolutistas. Ante la proliferación de estas revueltas y el auge del bandolerismo, que provocaba conflictos sociales e inseguridad en la ciudadanía, el rey Fernando VII proclamó una Real Cédula en el año 1827 dirigida a todos los Concejos y Ayuntamientos de las ciudades españolas, entre ellas Murcia.
Esta orden real confiaba a los Corregidores y Alcaldes Mayores las competencias necesarias para establecer la seguridad y orden público dentro de los municipios que gobernasen, obteniendo el cargo de Subdelegados de la Policía bajo la dirección del MINISTERIO DE GRACIA Y JUSTICIA DEL REINO. que representaba la Superintendencia de los Cuerpos de Policía.
Estas competencias fueron asumidas en Murcia por el entonces Alcalde Mayor, D. Rafael Garfías Laplana, nombrado Intendente de la Policía en Murcia. Las funciones a desempeñar por esta primera “Policía del Reino” quedaron establecidas en un Decreto anterior con fecha de 13 de Enero de 1824. En este Reglamento se hace una clara referencia a los que por entonces se encontraban a las órdenes de los Alcaldes, que como hemos dicho anteriormente eran los Alguaciles –figura antecedente de la Guardia Municipal-. En su artículo XV se dice que “Para el desempeño de todas o cualesquiera de las atribuciones especificadas en los artículos 13 y 14, que exija el auxilio o cooperación de la fuerza armada, usará la Policía de sus Alguaciles y Dependientes…”. He aquí la primera vez que aparece como tal un antecedente del Cuerpo de Policía que estaría a las órdenes de los gobernantes municipales, Alcaldes y Corregidores, si bien ésta no sería la raíz de la que nacería el Cuerpo de la Guardia Municipal, ya que la Policía del Reino reflejada en las Milicias Urbanas, como así dieron en llamarse, estaría formada por miembros del ejército.
LA CREACIÓN DE LA GUARDIA MUNICIPAL.
Hasta el año 1854, en el que se crea la llamada Guardia Municipal, la seguridad de la ciudad seguía corriendo a cargo del ejército, bajo el nombre de Milicias Urbanas. Si bien éstas obedecían a las autoridades municipales, el mando directo de las mismas seguía estando a cargo de militares.
Los años anteriores a la década de los cincuenta estuvieron marcados por fuertes revueltas populares en las ciudades. Las dos décadas que van de 1830 a 1850 fueron fundamentales en los aspectos
político y social en todo el país. La muerte de Fernando VII en 1833 y la subida al poder de Isabel II configuró un nuevo orden en la sociedad. Las numerosas reformas liberares promovidas por la
regente causaron una marcada inestabilidad social, entre ellas cabe destacar: la abolición de los señoríos o la desamortización de los bienes eclesiásticos ( Ley de Mendizábal de 1836), que
generaron en todas las ciudades, incluida Murcia, desavenencias importantes entre liberales y absolutistas.
Por tanto, el ambiente social en el que se empieza a fraguar por las autoridades municipales la idea de crear la llamada Guardia Municipal, no estaba exento de convulsión social, manifestado en violentos ataques a todo lo relacionado con el clero. Durante estos años fueron numerosos los asesinatos producidos con motivo de turbas populares, como el asesinato de tres hombres que acaeció a las puertas del Ayuntamiento, en el Arenal durante 1835. La seguridad seguía en manos del ejército y de las llamadas Milicias Urbanas, que tuvieron que emplearse a fondo para atajar las numerosas revueltas populares, como las acaecidas con motivo de la aprobación de la Constitución de 1837.
En este ambiente de violencia y tumultos populares, el Excmo. Ayuntamiento de Murcia, en Sesión celebrada el 12 de Agosto de 1854 y siendo Alcalde Presidente D. José Monassot Torres, presentó un proyecto para la creación de un Cuerpo de vigilancia y seguridad municipal bajo el nombre de GUARDIA MUNICIPAL DE MURCIA. Más tarde, en Sesión celebrada el día 19 de Agosto de 1854, se aprobó dicho proyecto llevando a cabo los nombramientos de las catorce personas que formarían el Cuerpo, siendo éstas las siguientes: Un Sargento -D. Mariano Manzano-, un Cabo -D. Mariano Galera- y doce Guardias -José Soler, José Mª Gimeno, Ramón Muñoz, Francisco Martínez Moñino, Jerónimo Herrera, Jerónimo Robles, Ceferino López, José Belmonte, Ramón Sánchez, José Pujante y Blas Planes-.
Los primeros sueldos que comenzaron a devengar estos nuevos GUARDIAS fueron de siete reales diarios para el Sargento, cinco para el Cabo y cuatro para cada uno de los guardias rasos (por aquella época cuatro reales equivalían a una peseta).
Los nombramientos de estos primeros guardias municipales se hicieron seleccionando personas aptas para el cargo a decisión de los miembros del Concejo Municipal. Se trataba de personas, por tanto, que no realizaron ni pruebas ni solicitud alguna para el desempeño de esta función. Este hecho, unido a la gran inseguridad ciudadana existente en el momento, ya que eran numerosas las armas existentes entre la población, y a la escasa consideración que en esos primeros momentos esta fuerza municipal cosechaba de los vecinos –ténganse presentes las lógicas dificultades para el afianzamiento de cualquier nueva institución-, hicieron que varios de los iniciales componentes de la plantilla de la Guardia Municipal presentaran su dimisión al cargo, entre ellos el Cabo D. Mariano Galera y el Guardia Jerónimo Robles, quedando recogidas éstas en las sesiones celebradas el 22 Y 23 de Agosto de 1854, respectivamente.
Respecto a la uniformidad de esta primera Guardia Municipal no se tiene constancia hasta entrada la década de 1870, cuando, siendo Alcalde D. Antonio Fontes Contreras “Marqués de Ordoño”, se aprobó por el Consistorio una partida presupuestaria para la elaboración de los uniformes de la Guardia Municipal, que constarían de una levita y pantalón de color azul, botones dorados, vivos de color verde y en el cuello dos iniciales en metal que representaran la letra G y M. El uniforme de verano estaba formado por una blusa de color azul oscuro, un pantalón de gante, con vivos en verde y las iniciales en el cuello con las letras G.M. (El Diario de Murcia 25-Junio-1880).
Debido a las fuertes deudas que acumulaba el Concejo Municipal, los uniformes a veces tenían que ser costeados por los propios guardias, como bien queda reflejado en el Diario de Murcia
(25-Junio-1880), donde se dice que el primer uniforme será de cuenta del Ayuntamiento correspondiendo los siguientes a los miembros del Cuerpo. En otra entrega del Diario de Murcia
(6-Febrero-1892) se menciona el descontento de los guardias hacia el Ayuntamiento, por querer dotarles de unos capotes que les iba a costar otro descuento de la nómina ya que no había presupuesto
para la confección de los mismos (Actas Capitulares 5 de Febrero 1892). Esta situación se hacía incómoda para los guardias municipales, que veían como descontaban de su ínfimo sueldo cantidades
destinadas a la confección y compra de uniformes.
Como armas reglamentarias portaban un sable colgado de la cintura y una vara de fresno que simbolizaba su autoridad y herencia de aquellos antiguos “Porteros de Vara”. Aunque a partir de la década de 1890, se tiene constancia en Actas Capitulares del Ayuntamiento de partidas presupuestarias destinadas a la compra de revólveres para la Guardia Municipal, recordemos aquí que hasta mayo de 1895 la Guardia Municipal no fue considerada como Fuerza Armada por el Gobierno Civil de Murcia. La petición de esta consideración se realizó por los propios Guardias Municipales que, con sus Jefes y subjefes a la cabeza, promovieron un expediente en el Ayuntamiento de Murcia con fecha de 11 de Diciembre de 1893. En él solicitaban que, debido a la labor que desempeñaban en consonancia con fuerzas procedentes del ejército, como era la Guardia Civil, fueran considerados como Fuerza Armada para que se les incluyera en la excepción del artículo 5, párrafo 1º, del Reglamento para la Administración y Cobranza del Impuesto sobre sueldos, aprobado el 19 de Agosto de 1893. Este artículo exceptuaba de descuento alguno en sus sueldos “(…) a las clases de tropa del ejército y a las que tengan asimilación declarada con ellas (…)”. Esta solicitud fue tramitada por el Ayuntamiento, que creía oportuno que el Gobierno de la Provincia observase este requisito e incluyese a la Guardia Municipal en este apartado, evitándoles así del consabido pago y dotándoles de todo el prestigio y fuerza moral que su servicio requería.
Para la reglamentación específica que regulara los servicios de este recientemente creado Cuerpo, se solicitó a los Excelentísimos Ayuntamientos de Madrid y Valencia por parte del de Murcia, sus respectivos Reglamentos Orgánicos de Guardia Municipal (Actas Capitulares de 12 de Agosto de 1854). Sin embargo, el primer reglamento oficial aprobado por el Consistorio murciano para la Guardia Municipal corresponde al 26 de Marzo de 1909, el cual pasaremos después a comentar.
LOS PRIMEROS SERVICIOS DE LA GUARDIA MUNICIPAL
Esta Guardia Municipal fue en sus inicios un apoyo fundamental no sólo para que las disposiciones municipales (Ordenanzas de diversa índole) fueran cumplidas por los ciudadanos murcianos, también fue una fuerza más con la que contar en caso de grandes desgracias y catástrofes, que por desgracia con tanta frecuencia asolaban la ciudad de Murcia. Pruebas de fuego para estos hombres voluntariosos, que con afán y empeño se ponían cada día el uniforme, fueron sin duda las grandes epidemias del cólera morbo que azotaron la ciudad durante años en la segunda mitad del XIX (Octubre de 1854, Agosto de 1859, Agosto de 1865,…). Estas epidemias ocasionaron cientos de muertos y en la mayoría de las ocasiones el Alcalde y los concejales del Ayuntamiento emigraban a zonas despobladas para evitar los contagios y el riesgo de que la ciudadanía quedara sin gobierno alguno; numerosos periódicos de la época, como “La Paz de Murcia” o “El Diario de Murcia”, citan estas migraciones de personalidades y destacan que los guardias quedaban cuidando de repartir los víveres donados por centros de beneficencia entre los menesterosos.
Prueba de la constancia y servicio a los vecinos por parte de la Guardia Municipal es la muerte de su Sargento Jefe D. Mariano Manzano, víctima de una de estas epidemias en octubre de 1854, apenas dos meses después de tomar posesión de su cargo.
Pero, sin duda alguna, la mayor catástrofe a la que el Cuerpo de Guardia Municipal tuvo que hacer frente fue la famosa y trágica riada de Santa Teresa, producida el 15 de Octubre de 1879. Esta avenida de los ríos Segura y Reguerón ocasionó la muerte de cientos de murcianos y en el mejor de los casos el destrozo de sus viviendas. Fue tal la desgracia que ni la Guardia Civil, ni los bomberos, ni la Guardia Municipal pudo hacer frente a la situación y tuvo que ser movilizado el ejército. De la ciudad de Murcia partían cada día tartanas cargadas con miembros de la benemérita y de la propia Guardia Municipal con el fin de rescatar a los huertanos que aún quedaran vivos y de encontrar a los muertos. También se llevaban en esas tartanas víveres, como pan y leche, para los damnificados. El periódico el Diario de Murcia, del jueves 16 de Octubre de 1879, dedica su tirada a narrar el trágico suceso.
Pero, además de desarrollar un trabajo digno de admiración en este tipo de acontecimientos, la Guardia Municipal, por su capacidad de adaptación para atender las demandas del municipio que siempre le ha caracterizado, llevaba a cabo otros servicios que, aunque no fueran tan reconocidos, sí que eran de un gran alcance para el beneficio de la sociedad. Así, en numerosos artículos de la prensa consultada desde 1879 hasta 1939 (El Diario de Murcia y El Liberal), hemos podido comprobar como los guardias de la época ponían un especial empeño, no sólo en perseguir a los llamados “rateros” (palabra empleada en esas fechas para definir a los amigos de lo ajeno) a los que en muchas ocasiones daban caza, sino que se hicieron respetar en los puestos de venta de carnes, pescados, pan y otros productos alimenticios de primera necesidad a cuyos propietarios denunciaron una y otra vez con el fin de que no estafaran al público con los pesos y medidas, hecho que era muy común en esas fechas (Diario de Murcia 21-06-1879; El Liberal 06-06-1911; El Liberal 21-03-1912; El Liberal 17-07-1913). En este sentido se hicieron campañas por los mercados de abastos de la ciudad para erradicar estas conductas delictivas; campañas en las que en ocasiones el guardia iba acompañado por sus jefes del Cuerpo y políticos. Así mismo, también controlaban los mataderos clandestinos que en ocasiones llegaban a poner a la venta carnes en mal estado, incluso algunas en estado de descomposición, como refleja el artículo publicado en el Diario de Murcia del 14 de Noviembre de 1890, donde se felicita al Jefe de la Guardia Municipal D. Pedro Molina por el decomiso de un cerdo muerto de enfermedad cuyo propietario quería vender como carne picada para embutido. Esta labor se llevó a cabo durante muchos años y muestra de ello es la publicación de El Liberal, con fecha de 10 de Mayo de 1911, donde se felicita al Jefe de la Guardia Municipal Sr. Campoy, por llevar a cabo una campaña de decomisos de pan en las plazas de Murcia donde se vendía, con estafa en el peso. La sanidad y la higiene era un asunto que preocupaba profundamente a las autoridades municipales y por ello ponían especial empeño los que simbolizaban su autoridad en la calle (la Guardia Municipal), haciendo batidas en pro de la salud y la higiene en los barrios, puesto que existía entre la población un miedo más que razonable a las epidemias. El 29 de Junio de 1912 le tocó al Barrio de San Antolín, donde, según El Liberal, se pusieron denuncias por cría de animales en las viviendas, acumulación de basuras en los patios, letrinas llenas que emanaban fuertes olores,…Labor digna de elogiar, pues, gracias a las numerosas intervenciones que se llevaban a cabo en la ciudad en este sentido, se pudieron evitar focos de infección que, a buen seguro, hubieran ocasionado más de una epidemia.
Más tardíamente también se llevaron a cabo otras campañas dirigidas a controlar la venta de leche adulterada (mezclada con agua) que se llevaba a cabo en los terribles años de la Guerra Civil, hecho que queda constatado en un artículo de El Liberal fechado el 05-11-1938. Son numerosos los artículos de los periódicos El Diario de Murcia y El Liberal que daban a conocer las continuas campañas que, a favor de la higiene y salubridad de la ciudad, efectuaba la guardia municipal, así como los decomisos y denuncias que se realizaban en plazas y puestos de venta ambulante. En todos ellos siempre aparecían unas palabras de elogio hacia el Cuerpo de la guardia municipal por el celo que ponían en desempeñar estos “controles” a los estafadores que, con sus pesos trucados, engañaban vilmente a sus clientes, y por su contribución al mantenimiento de la higiene en la ciudad. Recordemos que en aquellos años (finales del XIX y principios del XX) no existía en la ciudad de Murcia una red de alcantarillado sino pozos ciegos y que era costumbre de los ciudadanos arrojar las aguas sucias a la calle y efectuar limpiezas de letrinas y pozos sin autorización alguna; también existía la costumbre de acumular basuras en patios y aceras.
Todas estas costumbres urbanas, que ocasionaban un deterioro de la ciudad, fueron poco a poco erradicadas de la ciudad gracias a los guardias que miraban con especial atención el cumplimiento del entonces llamado Bando de Buen Gobierno, donde se recogía la normativa vigente en el municipio sobre estas cuestiones. En un artículo de la edición de El Liberal de fecha 29 de Abril de 1916, el periodista comenta el informe ofrecido por la guardia municipal sobre el estado de las calles de la ciudad de Murcia, que no puede ser más deshonroso; el título de este artículo lo dice todo “Murcia, un aduar moro”, haciendo referencia a las malas condiciones de salubridad que tenían las ciudades de Marruecos y lo mucho que se les asemejaban las de Murcia.
Los guardias eran auténticos policías de barrio que todo lo conocían y todo lo sabían; ponían en conocimiento del Ayuntamiento todas las faltas que observaban en las calles, desde un farol
averiado (entonces funcionaban con petróleo y eran encendidos por faroleros) hasta la cornisa de un balcón que amenazaba con desprenderse o una casa en estado de ruina (Diario de Murcia
21-Abril-1891, El Liberal 6-Junio-1911). Pero también arriesgaban en ocasiones sus vidas, haciendo de intermediarios en las numerosas riñas que se producían en la ciudad, donde en la mayoría de
los casos se echaba mano de navajas e incluso de armas de fuego muy comunes en esa época, como muestra la abundancia de decomisos de los que se hacía eco la prensa en sus apartados dedicados a
Notas Municipales (Diario de Murcia 7-12-1881, cuando un guardia municipal fue herido en la mano por una bala al intervenir en una riña entre doce gitanos en el Puente Viejo; Diario de Murcia
6-03-1885, donde se elogia la labor de decomiso de armas de la Guardia Municipal; Diario de Murcia 10-04-1891, en el que se da cuenta de otra riña con arma de fuego y navaja, donde se evitó una
desgracia gracias a la intervención de un guardia municipal que, sable en mano, acudió presto al lugar; Diario de Murcia 3-05-1895, en el que, tras la intervención de un guardia en una riña de la
que resulta mal parado con dos tiros en el cuello, se apela a las autoridades municipales para que doten de más autoridad a sus guardias y puedan hacerse respetar tanto como lo hace la Guardia
Civil).
Cómo no hacer aquí una referencia a una de las labores por las que hoy día más se identifica a la Policía Municipal, que no es otra que la relacionada con el tráfico y con las incomprendidas
multas de tráfico. Sí, tristemente es así: “los municipales son aquellos que están ahí para ponerme una multa cuando llevo prisa…”; la Policía Municipal podrá realizar muchos servicios en
beneficio de la comunidad; pero basta con que se sancione una mala conducta a un ciudadano para que olvide que el día anterior eliminó su problema de basuras en la esquina, o ayudó a su pequeña a
cruzar la calle o, simplemente, le informó de dónde se encuentra determinada calle. Esta labor de la Policía Municipal de sancionar las infracciones relacionadas con el tráfico se remontan a la
época de los carros, tartanas y caballerías. Murcia, hasta bien entrado el siglo XX, era una ciudad transitada por cientos de carros y carretas; la regulación de este tráfico rodado por el
ayuntamiento no se hizo esperar y pronto los guardias municipales comenzaron a emplearse a fondo para atajar problemas relacionados con los estacionamientos de las llamadas tartanas o galeras
(antiguos taxis) en sitios inadecuados, con las altas velocidades que llevaban algunas caballerías y carruajes que ocasionaban más de un atropello, o, incluso, con aquellos que osaban entrar en
la ciudad con los faroles de los carros apagados. Son muchas las referencias a este respecto que se han encontrado en la hemeroteca municipal donde, día a día, se daba cuenta a los lectores de
las denuncias puestas por infracciones a la buena conducta en el tránsito de carros y carruajes. De hecho, en el periódico El Liberal existía un apartado destinado en exclusiva a exponer el
número de denuncias diarias, los motivos de éstas y los guardias que las pusieron ( Diario de Murcia 21-04-1891; El Liberal 06-06-1911; El Liberal 19-12-1938). Infracciones comunes recogidas cada
día en los periódicos eran las de circular los carros y bicicletas sin luz durante la noche, circular en sentido contrario, circular con exceso de velocidad (como por entonces no había radar, los
guardias medían el exceso de velocidad acogiéndose a la normativa municipal donde se decía que el paso obligado por las calles de cualquier vehículo sería el trote, es decir, que todo vehículo
que superara la velocidad del trote del caballo sería sancionado); también se sancionaban por entonces el abandono de vehículos en la vía pública y el circular las bicicletas, los carros y
automóviles sin “tablilla” de matrícula.
También se controlaban los turismos que circulaban con el escape libre, los estacionamientos y circulación por las aceras y, en definitiva, infracciones que hoy en día siguen siendo objeto de sanción (exceptuando el circular sin matrícula en la bicicleta, ¡que ya son muchas para andar matriculándolas!). Después de la Guerra Civil y el comienzo del régimen franquista El Liberal dejó de publicarse y, por tanto, el apartado destinado a las denuncias que efectuaba la Guardia Municipal deja de aparecer en la prensa, quedando recogido en los Boletines de información que publicaba el Régimen y a los que la gran mayoría de la población no tenía tan fácil acceso como si de prensa se tratase.
Otros hechos trascendentales para la ciudad de Murcia en los que la Guardia Municipal participó activamente fueron: La visita de la Reina Isabel II a la ciudad con motivo de dos inauguraciones, la del Ferrocarril Cartagena-Murcia-Madrid y la del antiguo Teatro de los Infantes (hoy llamado de Julián Romea), visita que tuvo lugar los días 25 y 26 de Octubre de 1862; los incendios que destruyeron en dos ocasiones el Teatro de Romea en febrero de 1877 y, también, en febrero de 1899, este último con un fallecido; la inauguración de los tranvías en Murcia, con presencia de altas personalidades del momento, el 14 de Marzo de 1902; y, por último, destacar los acontecimientos celebrados con motivo del nombramiento y coronación de la Virgen de la Fuensanta como Patrona de la ciudad de Murcia, los días 24 y 25 de Abril de 1927, que dio lugar a la asistencia de altos cargos militares y políticos del momento, además de los miles de murcianos de todos los rincones que siguieron a la comitiva en toda su procesión por la ciudad. En este último acontecimiento la Guardia Municipal se empleó a fondo en colaboración con la Guardia Civil para cumplir un bando de Alcaldía, donde se restringía el tráfico rodado y de caballerías por todo el recorrido de la comitiva. Ya por entonces las autoridades que seguían a la Virgen iban escoltadas por los famosos “maceros” del Ayuntamiento, que hoy en día podemos ver en las Romerías que la Patrona hace a nuestra ciudad y otros actos importantes celebrados en el Consistorio.
No ha de terminar este apartado sin hacer referencia a un Romance popular murciano agraciado con el premio otorgado por el periódico “La Enseñanza Católica” y dedicado al archivero municipal y director del periódico “El Diario de Murcia”. Su título es El Basurero y fue publicado el día 6 de Junio de 1891, siendo su autor José Miguel Pastor; hace referencia en una de sus estrofas a uno de los miembros del Cuerpo de la Guardia Municipal:
“…Coje la mejor basura, Ya te cogí, gran pillete,
mas ¡ay! que su grande celo á la posada agoa mesmo
le ha cegado de tal modo, á depositar la burra
le ha llevado al extremo echa delante, pilluelo;
de escarbar algo en las calles, te cayó la lotería,
pues sabe que es muy regüeno te cogió el Ayuntamiento,
el polvo que en ellas hay no te salva de la multa
mezclado con el estiércol; que te ponen al momento,
y un día que con la azaiquia ni el mismo Perús de malas
hacia un hoyo ú agujero que interpongas por empeño.
en la calle de la Cieca, El probe á mó ade máquina
como llovido del cielo camina hecho un madaleno
un guardia municipal con la boca muy abierta,
azul, dorao, verdinegro sus ojos dos arroyuelos
se aparece ¡que terror! y para colmo de males
¡qué sobresalto! ¡qúa miedo! y estar asqueroso y feo,
Queóse patidifuso, ó se lo dejo olvidao
Turullato se queó al vello, ó se le perdio el moquero.
Estatuao en la postura, Renuncio á seguir contando
clavá la vista en el suelo, los angores y aperreos
diciendo: -trágame tierra- que pasó el probe muchacho
y conteniendo el resuello. en aquel trance funesto,
Le precia el municipal los pasos que dio su paere
lo menos de veinte metros, para recoger empeños
con un sabre de á mil palmos personas que se tiraron,
y una variquia de fresno y aldabas á que acudieron,
con la que saludó hasta que a la multa impuesta
diciéndole al mesmo tiempo. lograron hallar relevo…”
En este romance popular podemos ver cómo la presencia de un guardia municipal era para algunas personas cosa de sobresalto. Quedan reflejadas igualmente las vestiduras y armas que portaban (el sable y la vara de fresno). Así pues, tenemos aquí un reflejo popular de la visión que el pueblo llano murciano tenía de los Guardias Municipales.
EL REGLAMENTO DE 26 DE MARZO DE 1909
En sesión del Ayuntamiento celebrada el día 26-03-1909 se aprueba el primer Reglamento de Organización y Funcionamiento del Cuerpo de Guardias Municipales Diurnos y Nocturnos de Murcia, como así dio en llamarse. Este reglamento venía a organizar todas aquellas funciones que desempeñaba dicho Cuerpo al servicio del ayuntamiento, así como sus códigos de conducta, pruebas y requisitos de acceso, relación de mandos, derechos, deberes, y demás contenidos de funcionamiento de este organismo público.
El reglamento consta de 3 Partes, con 13 Capítulos y 144 Artículos. La primera Parte, que ocupa los Capítulos del I al IV, habla de las funciones a desempeñar por los miembros de este Cuerpo, de la forma y requisitos para el ingreso, del escalafón, de los ascensos y de temas relacionados con las bajas por enfermedad o accidente. Esta parte ocupa los primeros 48 Artículos. La segunda Parte, que consta de los Capítulos V al VIII, especifica el código deontológico y de conducta que ha de observar el guardia municipal y sus mandos, de sus deberes y obligaciones hacia los ciudadanos y sus jefes, y del uso de las armas como aspectos más relevantes a destacar; comprende los Artículos del 49 al 114. Por último, la tercera Parte, que recoge los Capítulos del IX al XIII y los Artículos del 114 al 144 regula todo lo relacionado con las faltas disciplinarias y al servicio, los permisos y licencias, la jubilación, la uniformidad y el armamento a llevar, como aspectos más destacados.
Es interesante resaltar el hecho de que la edad mínima para poder ingresar en la Guardia Municipal era de 25, años sin llegar a cumplir los 40; la jubilación era a los 60 años; se exigía haber formado parte del ejército, de la Guardia Civil o de los carabineros, acabando el servicio en éstos con una hoja limpia; la estatura mínima era la de 1.60 metros; y se exigía tener conocimientos de instrucción primaria, además de saber leer y escribir, y realizar las cuatro operaciones fundamentales de la aritmética (sumar, restar, multiplicar y dividir).
Hoy en día la edad mínima para el acceso a policía básico está en 18 años y no más de 30, la jubilación es a los 65 años, se exige el bachiller y una altura mínima de 1.70 metros para los hombres y 1.65 para las mujeres.
Respecto a la uniformidad que aprueba el reglamento de entonces, constaba de guerrera azul oscura, donde aparecerán las insignias correspondientes a la graduación, pantalón azul oscuro, casco gris con una chapa plateada en la que aparezca el escudo de la ciudad y capotes de abrigo con cuello alto. En cuanto al armamento, consistirá en un correaje dotado de un tahalí, una funda de cuero negro donde se alojará un revólver con doble cordón de color negro, además de un machete.
Hoy día perdura el revólver en la mayoría de los miembros de la Policía Municipal, pero está siendo sustituido progresivamente por pistolas. El machete se ha suprimido, siendo sustituido por las
esposas y la defensa como armas reglamentarias. La uniformidad ha variado bastante a lo largo del s. XX, pues los capotes fueron sustituidos por abrigos y los cascos por gorras, aunque éstas
siguen manteniendo en su frontal la insignia con el escudo de la ciudad de Murcia.
Consta de muchos más contenidos este Reglamento, en el que ya se recogía como funciones propias de los Guardias Municipales la de observar la vigilancia y cumplimiento de las Ordenanzas
Municipales, la de conservar el orden público cumpliendo y haciendo cumplir las leyes que de Policía y Buen Gobierno se aprobaran, auxiliar a todo aquel que se encontrase amenazado por cualquier
peligro o mal, así como las propias que, como policía judicial, les atribuiría la Ley de Enjuiciamiento Criminal en sus artículos 282 y 283.
Todas estas funciones las desempeñaba la Guardia Municipal en consonancia con otras fuerzas que existían en el municipio, como era la Guardia Civil o, en ocasiones, los propios Serenos, que mucho se parecían a los guardias por los uniformes que llevaban, pero que no formaban parte de la Guardia Municipal.
Murcia experimentó en los primeros momentos del XX un crecimiento de la población inusitado; los murcianos residentes en la ciudad estaban próximos a 124.000 habitantes en 1923 y algo más de 140.000 en los primeros años de 1930. Esta elevada población, unida a la inseguridad que producía la elevada delincuencia existente en la ciudad con abundantes hurtos y reyertas, hizo que el 21 de Abril de 1922 el Concejo Municipal, con su Alcalde Presidente D. Antonio Clemares Valero al frente, se planteara una reforma en el Cuerpo de la Guardia Municipal, al que se le dotaría de mejores uniformes, se reorganizaría para un mejor aprovechamiento de sus efectivos y se observaría la adecuada preparación de los mismos (Actas Capitulares 21-04-1922).
HACIA UNA POLICÍA MODERNA
En este apartado se sintetizan los acontecimientos históricos acaecidos en el último medio siglo de existencia de la Policía Municipal de Murcia.
El inicio de la Guerra Civil Española en el año 1936, trae consigo numerosos cambios en la organización y miembros de la Corporación Municipal; siendo Alcalde-Presidente D. Fernando Piñuela Romero, se aprueba una moción presentada por el socialista Francisco Gilbert Hernández, que ostentaba el cargo de Jefe de Personal y Gobierno interino del Ayuntamiento, en la que se recogía “…la eliminación de aquellos funcionarios que se hayan caracterizado por sus actividades antirrepublicanas, hayan realizado campañas contra el Gobierno legítimo de la República o hayan contribuido de cualquier modo a exaltar la sedicción fascista …”. Cabezas de turco de esa decisión del Concejo fueron entre otros dos miembros de la Guardia Municipal, D. Demetrio Campoy Barnés (Jefe del Cuerpo) y Juan Bohajar Baró (Guardia raso) que quedaron destituidos de sus cargos con carácter definitivo y sin derechos activos o pasivos algunos. Con la terminación de la Guerra Civil Española en el año 1939, se suceden en la ciudad de Murcia acontecimientos de relevancia, que supusieron una transformación en todos los ámbitos sociales y políticos del momento.
Uno de los hechos trascendentales de la victoria en dicha guerra del frente nacionalista y la derrota de los republicanos, fue la destitución de cargos que estaban siendo ocupados por partidarios de la República; entre estos cargos quedó incluido el entonces Alcalde Presidente del Ayuntamiento, D. Bienvenido Santos Borrego (Alcalde hasta el 29-03-1939), condenado a Cadena Perpetua, y su antecesor, D. Fernando Piñuela Romero, que fue condenado a Pena de Muerte.
En estos años de cambios en el Ayuntamiento, la Guardia Municipal siguió siendo firme a sus deberes y obligaciones como queda reflejado en la prensa del momento donde, cada día, se incluían los servicios prestados por los guardias, tales como denuncias, controles de pesos y medidas en las plazas y mercados, o hallazgos de objetos que quedaban depositados en las dependencias de la Jefatura de la Guardia Municipal.
El establecimiento del Régimen franquista, de carácter centralista y autoritario, supuso una etapa de estabilidad política, y la aprobación de la Ley de 8 de Marzo de 1941, convirtió a la Guardia
Municipal en un Cuerpo auxiliar de las fuerzas policiales del Estado, divididas en Cuerpo General de Policía y Policía Armada y de Tráfico, como así quedó reflejado en su apartado 4º. Aunque
seguían dependiendo de las autoridades municipales, las órdenes emanadas por la Dirección General de Seguridad debían ser inmediatamente cumplidas, siendo sancionados por hacer caso omiso
a
las mismas (artículo 2 Decreto de 31 de Diciembre de 1941). En las décadas siguientes a la instauración del Régimen de Franco, la Guardia Municipal vio como se creaba su Brigada Motorizada. Fue
este un hecho fundamental, ya que las necesidades de la sociedad y el aumento del tráfico motorizado en la ciudad hicieron que los patrullajes a pie y en bicicleta, comunes hasta ese momento, se
hicieran lentos e ineficaces para solucionar muchos de los servicios que surgían.
No obstante esto, el crecimiento de Murcia en los años 60, obligó a un paralelo crecimiento de la Guardia Municipal.
Aquellos primeros vehículos con los que contó la Guardia Municipal fueron las motocicletas de las que quedan vestigios en fotografías. La unidad motorizada de la Guardia Municipal era el buque insignia de este Cuerpo y pronto se hizo con el respeto y admiración de todos los murcianos, que gustaban de ver a aquellos guardias perfectamente uniformados con cascos blancos, trincheras y botas altas de cuero montando esas “ruidosas burras”, como así gustaban llamarlas los huertanos de la época. La Unidad Motorizada representaba a la Guardia Municipal en todos los eventos de importancia de la ciudad: así podíamos verlos encabezando los desfiles de Semana Santa y Fiestas de Primavera, como la afamada y vistosa “Batalla de las Flores”. Esta costumbre aún perdura en nuestras fiestas y podemos ver, año tras año, como la Unidad Motorizada de la Policía Municipal encabeza con honor los decorosos desfiles del Bando de la Huerta, Murcia en Primavera y Entierro de la Sardina, siendo admirados por todos los ciudadanos y dejando perplejos a los niños que persiguen con su vista las luces azules de las motocicletas.
La necesidad de controlar el tráfico rodado en la ciudad exigió a los mandos del Cuerpo establecer puestos de vigilancia de tráfico en varios puntos de la ciudad que, por su afluencia de vehículos y ausencia de semáforos que los regularan, eran testigos de numerosos accidentes. De este modo aparecieron a finales de la década de 1950 las primeras peanas con guardias en lo alto que, con ayuda de su silbato y vestidos con un inmaculado traje blanco, hacían lo que podían para organizar a carros tirados por mulas, peatones, bicicletas y escasos vehículos motorizados que a su punto acudían. Hoy en día no existen tales peanas, ni los guardias visten de blanco, pero sí podemos ver cómo en los cruces neurálgicos de la ciudad (El Rollo, Plaza de Martínez Tornel o Plaza de la Fuensanta) hay un policía que intenta poner orden en el tráfico de la ciudad.
LA POLICÍA MUNICIPAL DESDE LA CONSTITUCIÓN DE 1978.
La muerte del General Franco, el 20 Noviembre de 1975, las primeras elecciones generales libres en junio de 1977 y la posterior aprobación de la Constitución Española en referéndum en diciembre de 1978, supone un importante cambio en las formas de actuar de las Policías y Cuerpos armados de nuestro país. Las etapas anteriores se habían caracterizado por la existencia de una policía represiva y con la aprobación de la Constitución estas fuerzas policiales, incluidas las Policías Locales, tenían el deber de “proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades, así como garantizar la seguridad ciudadana” (artículo 104 de la Constitución).
Se convierte, pues, en una policía democrática al servicio de los ciudadanos, y la organización y funcionamiento de los distintos Cuerpos existentes (Cuerpo Nacional de Policía, Guardia Civil, Policías Autonómicas y Policías Locales) la regularía una Ley Orgánica aprobada el 13 de marzo de 1986. En esta ley, en su Título V, se habla de la Policía Local y se define como un instituto armado de naturaleza civil que actúa con la independencia que las propia Constitución Española asegura al garantizar la autonomía de los Municipios; las funciones propias a desarrollar por este Cuerpo, recogidas en el artículo 53, son entre otras: vigilancia y control del tráfico en el casco urbano; protección de las autoridades locales y de los edificios e instalaciones propiedad del Ayuntamiento; vigilancia del cumplimiento de ordenanzas, bandos y otras disposiciones municipales; o instruir atestados por accidentes de tráfico en el casco urbano. También se regula en este Título la cooperación con otras fuerzas de orden público en grandes acontecimientos y manifestaciones.
En fechas posteriores, y aludiendo al poder que trasfiere la propia Constitución de 1978 a las Comunidades Autónomas (artículo 148.1.22) y a los Estatutos de Autonomía (Ley Orgánica 4/1982, de 9 de Junio, Estatuto de Autonomía de la Región de Murcia), se aprueba otra Ley que coordinaría las distintas Policías Locales existentes en la Región de Murcia, en temas relacionados con sus competencias: estructura y organización del Cuerpo, uniformidad, requisitos para el ingreso, promoción y movilidad,… Con esta ley denominada Ley 5/1988, de 11 de Julio, de Coordinación de Policías Locales de la Región de Murcia, se establece definitivamente la imagen, organización y funcionamiento de los actuales Cuerpos de Policía Local de la Región de Murcia, entre ellos el de la POLICÍA LOCAL DE MURCIA.
LA POLICIA LOCAL DE MURCIA HOY
Desde el año 1978, en el que se aprueba la vigente Constitución Española, el Cuerpo de Policía Local de Murcia ha aumentado sus efectivos considerablemente, pasando de 115 a 539 agentes en la
actualidad, con una media de edad de 41 años y cuya formación a nivel de estudios es de: 12 miembros en posesión de estudios superiores, 47 con estudios medios, 255 en posesión del Bachiller, 171
con Graduado Escolar y 54 con estudios primarios. Hecho a resaltar en este apartado es la incorporación histórica en este Cuerpo de una plantilla de 87 nuevos agentes que tuvo lugar en Octubre de
2001. Es este el mayor ingreso de efectivos conocido hasta el momento en esta policía. A lo largo del presente año de 2004 se espera el ingreso de otra promoción de 50 nuevos agentes, con lo que
el Cuerpo vendría a estar formado por 600 efectivos.
Desde el año 1981 se ha producido una sucesiva incorporación de mujeres al Cuerpo, hasta alcanzar la cifra hoy día de 58 personas (el 10.76 % de la plantilla) que ocupan diferentes categorías en
el escalafón siendo la más alta obtenida la de Oficial del Cuerpo de Policía Local. Estas cifras de miembros femeninos dentro del Cuerpo sitúan a la Policía Local de Murcia entre las plantillas
de Policías Locales con más mujeres de España.
Desde la aparición de las primeras motocicletas en la Guardia Municipal allá por el año 1950, el parque automovilístico de la Policía Local de Murcia no ha dejado de aumentar y en estos momentos cuenta con una nutrida cantidad de vehículos entre motocicletas, turismos y furgonetas, que alcanzan la cifra de 180, repartidos entre las distintas dependencias policiales, para patrullar adecuadamente nuestro amplio término municipal.
En cuanto a la organización por secciones del Cuerpo de Policía Local de Murcia tenemos que se dividen en: Seguridad Ciudadana, integrada por los agentes destinados en vigilancia y protección de edificios, por la Sala 092, por las patrullas de protección ciudadana y por el recientemente creado Grupo Especial de Seguridad Ciudadana (2001); la Sección de Tráfico compuesta por agentes encargados de la regulación y vigilancia del tráfico, (circulación y grúas y sección motorizada), por el equipo de Atestados y Radar y por los agentes encargados del Parque Infantil de Tráfico; la Policía de Barrio, que con su patrullaje a pié por las calles de la ciudad garantiza el contacto que antaño se producía entre Guardias y ciudadanos; y, por último, la Unidad de Descentralización, con sede en los cuarteles de pedanías.
Por último, hacer referencia a las instalaciones de las que dispone este Cuerpo que conforman un total de 9 cuarteles. Dos de ellos se encuentran en la ciudad de Murcia (el Cuartel General, en la Avenida San Juan de la Cruz, y otro, recientemente inaugurado, en el Barrio de La Flota) y el resto en las pedanías de: Alquerías, Beniaján, Puente Tocinos, El Palmar, Espinardo, La Raya y Los Martínez del Puerto, que permiten establecer un patrullaje intenso, y dar respuesta inmediata ante cualquier urgencia por parte de miembros de esta Policía en los 886 Km2 del extenso término municipal de Murcia.
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